La Capilla del cementerio central recibe a los fieles que viene a pedir por el alma de sus familiares.

LA CAPILLA DE LAS ÁNIMAS BENDITAS
Por: Julio Rangel

julioran99@hotmail.com

Desde la capilla del cementerio central se ve su forma elíptica, esta simboliza la ascensión de las almas hacia el paraíso, a su entrada se divisan diversos mausoleos que invitan al silencio, la figura de la muerte indomable se convierte en un espectro que sonríe y amenaza. El hospedaje de los difuntos tiene en el aire un frio penetrante que entra por la piel, recorre el cuerpo, el alma y congela los huesos.

Es domingo en la mañana, son las 10:05 por entre los mausoleos de la parte sur del cementerio central se escuchan pasos, son los pasos de doña Ana Vélez, su caminar pausado se cruza con los rayos de sol que golpean el piso haciendo destellos de colores. Alarga el paso con ansiedad espera reunirse con su hijo, Doña Ana lleva en su mano derecha un gran ramo de astromelias, según comenta “son las flores que mas duran además son baratas y bonitas”, en su otra mano lleva un rosario para su rito dominical en la capilla del cementerio en donde le reza a las animas benditas para que intercedan por su hijo que seguramente dice ella “deberá estar alegrándole los días a Dios y a todos sus santos en el cielo”

Su hijo Mario falleció hace ocho meses en un accidente automovilístico en la autopista sur, sucedió cuando regresaba de su trabajo en una fabrica de vidrios, era martes y llovía a cantaros, era como si el cielo llorara presintiendo lo que iba a ocurrir, al bajarse del bus urbano en que se movilizaba, no alcanzo a llegar al anden cuando fue arrollado por un automóvil, su muerte fue instantánea según el resultado de la necropsia que le practicaron en medicina legal.

Comenta Ana: “La capilla del cementerio central es el mejor lugar para encontrarme con Dios y con mi hijo a quien tanto extraño, todavía no entiendo por que mi diosito se lo llevó, cuando le rezo en la capilla lo siento cerca, casi a mi lado, cierro mis ojitos y lo puedo ver sonriéndome yo se que a él le alegran mis visitas, todos los domingos sagradamente vengo a visitarle, no importa si llueve o hace sol, su visita la tiene segura” concluye.

Al ingresar a la capilla los pasos hacen eco y retumban las paredes, el silencio se apodera del lugar las imágenes de los santos dejan ver el sufrimiento en sus facciones, inspiran respeto, miedo y devoción.

La luz tenue se confunde con las veladoras que titilan y se mueven perezosas con el viento, este domingo ha venido poca gente, en la parte de adelante se escuchan susurros de oraciones parecidos a los de las procesiones de semana santa, cuando Ana pasa el rosario con sus dedos diminutos lo hace lento, sin prisa, por momentos su mirada se pierde y en ella se asoman un par de lagrimas que gotean sigilosas.

La capilla del Cementerio central fue construida por el arquitecto Nicolás León y fue costeada por el señor arzobispo Caicedo y Flórez en el año de 1839, mas adelante el arquitecto Carlos Lombana le modificaría el aspecto pobre que antes presentaba, dándole un mayor interés al conjunto arquitectónico de esta capilla.

Actualmente el Cementerio Central de Bogotá, posee una serie de características desde los puntos de vista urbanistas y arquitectónicos de gran relevancia en nuestra ciudad, es considerado un hito cultural representativo de todos y cada uno de los estratos que conforman la sociedad bogotana.
Después de visitar la capilla Ana decide pasar por la bóveda en donde se encuentran los restos de su hijo, al llegar a la tumba Ana toca la loza de mármol como si acariciara su rostro con dulzura y delicadeza, da tres golpes secos a la lapida como quien llama a la puerta “hola mijo vine a saludarlo y a decirle que jamás lo abandonare” solloza para sus adentros solo ella sabe la tristeza que enmarca su alma y su corazón.

La lapida tiene grabado en mármol la biblia y una imagen del ángel de la guarda, junto al epitafio que dice:”Siempre estarás presente en nuestros corazones, nos diste el mejor ejemplo como hijo, como hermano, como amigo, damos gracias a Dios por haberte tenido entre nosotros, tu familia”

En la parte inferior de la lapida sobresale un tarro de plástico que hace las veces de florero, Ana arregla las flores que trajo con toda su devoción y cariño, de nuevo corren lagrimas por sus mejillas que se confunden con el agua que desde el cielo empieza a caer formando un chubasco, un minuto de silencio rompe la escena, aprieta sus manos y las lleva a su pecho, se echa la bendición con inmenso fervor, y luego se despide de su hijo.

A la salida del cementerio se pueden ver las palomas que alzan vuelo, en sus alas llevan las oraciones que miles de visitantes le han enviado el día de hoy a las animas benditas, Ana toma el bus que la llevara de regreso a su casa, junto a su puesto de al lado la acompaña un joven, ella en sus adentros solo se imagina que este hombre podría ser su hijo.